Dislexia y Autoestima

Hoy en día cada vez encontramos en los colegios a más niños y niñas diagnosticadas de dislexia. La dislexia se incluye dentro de las dificultades específicas de aprendizaje (DEA), definidas como un desorden en uno o más de los procesos que involucran el lenguaje escrito. Los problemas que pueden observarse en la escuela se concretan en diferentes áreas: pensamiento, habla, lectura, escritura, deletreo o dificultades para manejar signos matemáticos. Los sujetos con dislexia constituyen el 80% de los diagnósticos de los trastornos de aprendizaje, situándose la prevalencia entorno al 2-8% de las niñas y los niños escolarizados.

La dislexia, es definida por la Federación Mundial de Neurología, como un trastorno que se manifiesta en dificultades para aprender a leer a través de los medios convencionales de instrucción, a pesar de que exista un nivel normal de inteligencia y adecuadas oportunidades socio-culturales.

Según Mattis,(1978), la dislexia se puede diagnosticar como un desarrollo lector atípico, comparado con los otros niños y niñas de la misma edad, inteligencia, instrucción y nivel sociocultural, que en ausencia de intervención se puede esperar que persista y que es debido a un déficit bien definido en cualquiera de las funciones corticales superiores específicas.

Podemos encontrar muchas definiciones de dislexia según los diferentes autores. La mayoría de las personas que escuchan “dislexia” lo suelen asociar a una dificultad a la hora de leer.  Hay una amplia clasificación de dislexia, dependiendo del tipo de alteraciones que las generan y las dificultades que manifiestan.

En este caso, nos vamos a centrar en las manifestaciones emocionales, conductuales y escolares:

Como consecuencia de las dificultades que presentan las personas con dislexia, aparecen manifestaciones emocionales y conductuales.

La intención principal de este artículo es indagar en la parte más desconocida y oculta de la dislexia, de la que no se suele hablar. Es la parte emocional, la integración social y la autoestima,  ya que los sujetos que tienen dislexia manifiestan emociones que a veces no se tienen en cuenta o se pasan por alto.

Muchos de los niños y las niñas que llegan con un diagnóstico tardío de dislexia, han vivido frecuentes momentos de fracaso, algo que afecta severamente a su autoestima, ya que la autopercepción de sí mismos se construye como poco capaces, disminuyendo la confianza que tienen en sus habilidades, van aprendiendo fracaso tras fracaso que son menos capaces que el resto de sus compañeros de clase, y por tanto van adquiriendo un modelo de sí mismo como insuficiente, o no válido. Esto, a su vez, influye enormemente en su motivación para aprender y enfrentarse a retos, los repetidos intentos fallidos deterioran gravemente la autoestima de los niños y niñas, constituyendo importantes problemas emocionales hasta el punto que algunos precisan tratamiento psicológico.

De ahí que el ámbito psicológico sea de gran importancia a tener en cuenta en los sujetos con dislexia, ya que el factor emocional tiene un papel muy importante en el rendimiento escolar. Las principales características, en gran media provocadas por sus dificultades de aprendizaje, son las siguientes:

  • Presencia de sentimiento de inferioridad debido a la clara consecuencia de sus dificultades. Sentimientos de fracaso, inseguridad e inhibición.
  • Encerrarse en sí mismo y dificultades para relacionarse con sus iguales. Síntomas depresivos.
  • Desobediencia, como forma de reafirmar su personalidad.
  • Hipersensibilidad y vulnerabilidad por su problemática y la forma de vivirla. Tristeza, decaimiento.
  • Ansiedad o angustia, problemas psicosomáticos, es decir, malestar corporal fruto de la tensión vivida. Estos síntomas ansiosos afectan de manera clara al funcionamiento social y al rendimiento escolar.

Por eso es tan importante la autoestima, ya que el desarrollo emocional influye en la evolución intelectual y puede tener incidencias negativas en el desarrollo intelectual del niño como limitaciones en la memoria, disminución de asociaciones mentales, dificultades en la atención…

El desarrollo emocional adecuado supone poseer una capacidad de empatizar, simpatizar, de identificación y de generar vínculos afectivos e intercambio de sentimientos satisfactorios. La conciencia de los propios sentimientos y su expresión mediante la verbalización ayuda a producir una clara individualidad, aceptándose a sí mismo, consiguiendo una seguridad y una autoestima adecuada al nivel de desarrollo.

Los niños y niñas deben expresar y experimentar sus sentimientos de forma completa y consciente, de lo contrario, se pueden volver vulnerables a la presión de sus iguales y de los adultos, aceptando influencias negativas.

Por ello, es necesario darle la suficiente importancia y atención a las necesidades emocionales es una tarea fundamental en el contexto familiar, social y escolar. Aprender determinadas habilidades emocionales a los primeros años de vida es una garantía de éxito en el desarrollo escolar y social de los niños y las niñas. Las familias deben trabajar estas habilidades sociales para que los más pequeños/as tengan conocimientos de uno mismo, puedan controlar los comportamientos impulsivos, estén motivados/as y desarrollen habilidades sociales de cooperación y respeto.